Rodrigo Iglesias S. (alias, Stuart Coplan) es uno de los fundadores de Andateala.com. Participa como conductor estable del podcast Digalocantando y participa activamente en la sección Cuentos de Andateala.com

Tata Brown

Como no recordar a Tata Brown: Pesadez de anciano, gris, hediondo, escombro senil y puto lanzagases que en paz descanse.

Vivía en una modesta y, porqué no decirlo, piojenta casa de mí barrio de la que lograba, truchamente, obtener onerosos dividendos. En aquel matedero, se encontraba instalada una emprendedora reparadora de calzado, en donde tu zapato en mal estado era convertido en una veraniega «chala de longi», por que puta que era chanta ese conchesumadre del zapatero. Con cuea te pegaba una tapilla a la quinta pasada de engrudo.

El negligente oficio de este individuo zapatístico, encaminó su emprendimiento microempresario a la mismísima mierda, por lo que la decadente Villa Tokio se quedo sin su “gran” artesano del zapato.

Debido al inminente abandono del cuchitril por parte del fracasado zapatero (quien, dicho sea de paso, aún se está sacando los zapatazos de la raja) y sin perder su aguda visión de otrora empresario de peleas avícolas, el vetusto anciano decidió dar un brusco giro a su esquema comercial introduciéndose de lleno en el rubro Hotelero. Como no, si el Tata Brown, era un viejo, cagón, tacaño, peorro, colérico (pero de virus cólera) y un sin fin de cosas algo negativas y malolientes, pero si hay que reconocerle algo en su larga carrera hacia la naftalinización, era su espíritu emprendedor.

Tata Brown, rápidamente adaptó una moderna mediagua estilo mediterráneo en el patio de su casa, que fue arrendada al poco tiempo por una señora que tenía dos hijos, uno de ellos, Felipe, fue un gran amigo mió, al que bautice original y cariñosamente como “Felipe de la Reparadora”, alias “El Reparadora”.

Si bien la reparadora hace tiempo descansaba en paz, su huella indeleble se encarnó en nuestro inconsciente, por lo que todos los niños de la vecindad se acostumbraron raudamente al creativo sobrenombre que invente para la ocasión, bueno, no les quedaba otra ya que el jefe de la pandilla era yo, y si no acataban, patá en la raja! Pero con amor.

A medida pasaba el tiempo, e inversamente proporcional a nuestro afecto, el Tata Brown comenzó a cultivar un sincero y profundo odio hacia “El Reparadora” pues este era un ladronzuelo de aquellos que no dudaba en sustraerle desde su propiedad pelotas plásticas, herramientas, y un sin fin de otros artículos que el veterano comercializaba en el mercado negro.

El hurto hormiga se vió fomentado en gran parte a las precarias instalaciones de almacenamiento del vejete quien, llegado el verano, se instalaba en el living de su chalé a dormir a pata suelta con la puerta abierta, lo que era igual a dejar al gato cuidando la carnicería. Yo mismo en ocasiones vi al viejo durmiendo e induje a “Reparadora” a que cometiera algún hurtillo menor o robo como prueba de amistad. Cómo no!

En una oportunidad, fui en búsqueda de “Reparadora” para conminarlo a un encuentro futbolístico. Mas,  no se encontraba. En cambio, chupando brisa de codos en la reja del frontis del chalé se encontraba el mismísimo Tata Brown, a quien siempre saludaba por huevear, pero con quien nunca había tenido la oportunidad de hablar directamente, por lo que no desperdicié la oportunidad y le dije:

Hola señor, ¿Cómo esta Ud.?
Muy bien joven– respondió,
¿Sabe si Felipe, el niño que vive atrás, llegará pronto?– Pregunté, a sabiendas de que no estaba.
No sé a que hora llegue esa sabandija, mal hijo y flojo de mierda– dijo Tata Brown.
¡Chucha!, realmente este viejo lo ama– me dije.
Posterior a eso, sólo me dedique a meter más carbón a la hoguera, diciendo:

-Pero como Felipe puede ser así señor, nunca lo pensé, yo que muero y peno por mí madre

Jajajaá, al viejo se le llegaba a subir la presión hablando más mierdas del Repa’. Luego de un rato abandoné el carboneo’ procurando no ser culpable de un infarto del añejo ser.

Al tiempo de nuestra nutrida charla, el Tata Brown dejó este mundo. Primero, porque tenía todos los años posibles ya cumplidos. Segundo, porque el mismo número de años los tenía en bypasses y por último, el centenario veterano era un tanto “asiduo” a los brebajes de uva, por lo que la pana la tenía bastante escabechada.

Nunca supe su nombre real ni me interesó saberlo,  así que siempre lo llamé Tata Brown. La razón del apodo, tampoco la sé, pero inventé hasta un “Rap del Tata Brown”, cuya base melódica, era el jingle de Chicken Inn que decía; “chicken inn, chicken inn”, y algo más, pero no me acuerdo, la huea’ es que yo ¡ingeniosamente!, modifiqué el CHICKEN IN, por TATA BROWN, y con ello se creaba la hermosa melodía rapera.

El TATA BROWN, cuando pasaba por la plaza, lo hacía con un ritmo muy peculiar, lo que en definitiva motivó el Rap.

Un saludo para EL TATA BROWN que esta en el cielo, o ardiendo en los mármoles del infierno, pues este post, esta dedicado a él.

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