Juanito el metalero | Cuentateste | Andateala.com

Big Fat Jewish es un intento de ingeniero al que convencimos de que escribiera en este sitio con el fin de revindicar a la colonia judía, cosa que no ha dado mayores resultados. Publica en las columnas de The Critic y Cuentateste, por el momento.

Juanito el metalero | Cuentateste | Andateala.comJuanito no solo pide pescados, también escucha metal

Juanito era un chico metalero. Tan normal como tú o como yo, pero metalero.

Juanito iba en primero medio cuando escucho por primera vez a Stratovarius. Estaba en la casa de un primo, ese que todas las tías encontraban “mala influencia” y todo porque siempre llegaba a cuanta reunión familiar hubiera con un inconfundible y penetrante bouquet a Pilsen en el hocico. El primo se llamaba Antonio, tenía 18 años y el pelo largo, como el de una pelolais pero con pico y con guata. Y metalero también.

No podía creer Juanito que hubiera en la tierra grupos de metal capaces de tocar con tanto virtuosismo y tanta técnica, con tanta rapidez y tanta precisión. Había escuchado antes a Metallica y Iron Maiden, pero esto era un mundo nuevo que se le presentaba. Juanito estaba decidido a investigar todo lo posible acerca de tan buen conjunto musical, y cualquier otro que se le pareciese.

Comenzó entonces a frecuentar antros de mierda como el Eurocentro y el Portal Lyon. Era cosa de días para que se imbuyera del espíritu metalero que abundaba en dichos establecimientos.

Empezó a pasar con cada vez mayor frecuencia a los locales de esos edificios después de clases, a escuchar discos de diferentes grupos y conocer un poco más de la historia y las costumbres de sus miembros, no podía ser que si tanto le gustaba Rhapsody, no tuviera claro qué guitarras gustaba de tocar su guitarrista, o cual era la comida preferida del vocalista. De otra forma no podría comenzar a codearse con los verdaderos metaleros que tanto admiraba.

Mientras tanto, Juanito lograba comprarse su primera polera con el logo y una fotografía de una banda de rock pesado melodicoide: los mismos Stratovarius. La lucía orgulloso en el colegio debajo de su indigna camisa celeste. Sus compañeros no tardaron en notar que se traslucía una prenda diferente, y ante tal, el bueno de Juanito no tardó en comenzar a pasarse a caca y comentarles a sus amiguitos del colegio que él ahora estaba en vías de convertirse en un metalero y que ya no le interesaba seguir escuchando bandas posers como Slipknot, Guns n’ Roses, Red Hot Chili Peppers y otras más “que se habían vendido al sistema”.

Los más pernos del curso no dudaron en comenzar a lamerle la pija y querer ser como él. Lo acompañaban a sus aventuras metaleroides a las tiendas del ramo y comenzaron a bajar MP3 de cuanta banda sueca y finlandesa pillaran. Por suerte, dentro de su curso había weones algo más cuerdos y no dudaron en discriminarlo, y con justa razón, por saco weas.

Parte importante de su nueva vida de proto-metalero era dejarse crecer el pelo. Lamentablemente el inspector Andrade era implacable con el largo de la cabellera masculina dentro del colegio así que Juanito tuvo que conformarse con tener un más que indigno y totalmente impresentable corte de callampa, pero para él era lo máximo, pues de todas maneras le alcanzaba el pelo para “cabecear”.

Pasando los meses, un buen día encontrábase Juanito en la calidez de su habitación, degustando las delicias musicales que le ofrecían los poco novedosos temas de Sonata Arctica, cuando se preguntó “¿¿y habrá algún culiao en Chile que sea capaz de hacer algo así??”. No dudó en contactarse vía MSN con los amigotes del foro de metal del que era parte para consultarles sobre bandas chilenas. Grande sería su sorpresa cuando otro de esos engendros le contó que sí, y que de hecho ese fin de semana habría una tocata con 8 de las más selectas bandas happy metal en Santiago. La emoción de Juanito fue superlativa. Su pulso se aceleró, su corazón saltó y en su rostro se dibujó una gran sonrisa al darse cuenta que en pocos días tendría la oportunidad de ver a chicos como él, tocar metal ultramelódico y ultrarrápido en vivo y en directo! Bajó corriendo las escaleras para pedir permiso a su padre. “Pregúntale a tu mamá”, fue la escueta respuesta de su padre frente a la obvia pregunta. “Bueno, pero te vamos a dejar y a buscar”, le dijo su madre. No le importaba quedar como el más perno de los metaleros al ser ido a dejar y a buscar por sus padres a un bar metalero en Gran Avenida, sólo quería cumplir su sueño.

Como es menester entre los de su tribu urbana, Juanito al día siguiente fue al Eurocentro a comprarse muñequeras negras elasticadas con el logo de Symphony X bordado, con el sólo propósito de lucirlas en la tocata. Estaba a las puertas de un gran paso en su objetivo de volverse un metalero de los de verdad.

Al cabo de un año, Juanito ya se sentía un buen metalero: conocía todos los álbumes y canciones de todas las bandas de happy metal del mundo. También sabía de las vidas y las preferencias de sus miembros. Tenía posters en su pieza y tenía una polera distinta para llevar todos los días al colegio debajo de la camisa, en pos de lucirla cuando se acababa la jornada escolar y podía liberarse del opresor yugo de la camisa. Pero sentía que algo le faltaba. Una carencia dentro de sí. Una pulga en el oído. Se sentía en inferioridad de condición con otros metaleros que veía en las disquerías metaleras y que le hacía sentirse menos metalero que ellos. Fue así como un día conversando con Carlos, un chico del colegio un año mayor que él y con varios parches más de grupos de metal en su mochila, se enteró de la existencia de ramas más extremas y más radicales dentro del metal. Primero escuchó a los más clásicos: Slayer, Anthrax y Megadeth, bandas suficientemente rudas como para volverlo un chico suficientemente rudo.

Pasaron los años y Juanito ya estaba en edad de carretear. Mientras sus compañeros de colegio seguían un desarrollo normal para su edad y comenzaban a ir a la disco, flirtear con minas e incluso descartucharse en el caso de los más taquilla, Juanito se volvió cliente de bares metaleros. Salía todos los viernes y sábado a intentar beber cerveza en dichos lugares (donde no le vendían alcohol de manera directa por ser un menor de edad culiado), donde compartía con otros metaleros y discutían apasionadamente si Metallica era superior a Megadeth, si Dave Murray era mejor guitarrista que Adrian Smith, si Timo Kotipelto era el mejor vocalista del mundo y otros tópicos así de trascendentes para la existencia de los metaleros. Para aventurarse en dichas jornadas, Juanito ya tenía su vestimenta definida: jeans de mezclilla azul, chaqueta de mezclilla azul y una polera de alguna banda de metal. Todo esto acompañado con zapatillas negras (ya que su madre nunca quiso comprarle bototos porque eran “pa los milicos, no pa los niñitos”). Cabe mencionar también que la interacción de Juanito con el género femenino durante estas nutridas tertulias tendía a cero, ya que era altamente improbable que alguna metalera de las que frecuentaban los mismos locales se fijara en un pendejo imberbe con tanta proyección de loser en el tiempo.

Llegó cuarto medio, y Juanito no paraba de repetirle a sus compañeros que apenas saliera del colegio, se iba a dejar crecer el pelo y se vestiría de negro todos los días, y que si tenía que ir a algún matrimonio u otro evento formal, se compraría un traje negro con una camisa negra y una corbata negra. “Nunca tan poser de usar una camisa blanca”, esgrimía. Mientras sus compañeros comenzaban a invitar a sus compañeras para ser sus parejas durante la ceremonia de licenciatura, Juanito empezó a verse más o menos hasta el pico al cachar que faltando un mes para salir del colegio, con raja había cruzado un “hola” y un “chao” como máxima expresión de relación con las peucas de su generación, por lo que no tenía muchas chances de pedirle alguna que hicieran el ingreso juntos al salón del colegio donde se llevaría a cabo el solemne acto. Para su suerte, o infortunio si se desea ver de esa forma, en su generación las minas presentaban un déficit de 10 con respecto a los hombres (o sea había 10 weones más que minas, si ud., señor lector, es medio aweonao), por lo que las autoridades competentes debieron recurrir a la poca ortodoxa medida de que los que se quedaron rezagados (o sea los weones feos o giles que no consiguieron mina) tuvieran como pareja a otros hombres. Fue este entonces el destino de Juanito, no tan malo según él, ya que su compañero resultó ser ni más ni menos que el Negro Camilo, un chico que si bien escuchaba metal como él, también gustaba de ir a la disco a perrear hasta el suelo, actitud absolutamente deleznable y aborrecible por Juanito, pero igual respetaba al Negro porque junto a él eran el único del colegio que escuchaba bandas de metal underground como Venom y Bathory, e incluso Camilo tenía en su casa una copia de un vinilo de 1986 de edición limitada y numerada a mano de esta última banda, algo completamente codiciado por Juanito.

El gran momento entonces había llegado: al fin, Juanito dejaba de ser un maldito colegial…

Comments

  1. a mi me gustó….
    pero estaba seguro de que la webada continuaba en una parte 2 ….
    me quedé con ganas de saber como lo humillaban en el prom night, hechándole un balde de sangre de chancho en la cabeza.

  2. está buena la historia, pero es muy triste.Me di la paja de leerla entera (primera vez que leo un artículo en este blog) Pobre perno! el metal definitivamente es la musica del demonio y éste quiere a sus subditos para él solo, por eso los aliena xD

  3. Que manera de cagarme de la risa por las rechuchas!
    No se porque, pero la historia de este pendejo culiao, me hizo recordar al comercial de Sprite… “Estoy en la moda equivocada”
    Excelente historia

  4. Oye ya poh weon, rajate con la segunda parte.

    Lo más increible, es que creo que sé de quién hablas!!

    No seay cagón y postea la wea entera pa tasar si era o no!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.