Big Fat Jewish es un intento de ingeniero al que convencimos de que escribiera en este sitio con el fin de revindicar a la colonia judía, cosa que no ha dado mayores resultados. Publica en las columnas de The Critic y Cuentateste, por el momento.

Galán de Supermercado

Era uno de esos veranos mágicos en los cuales coincides con tu mejor grupo de amigos en que están todos los weones libres. Niun culiao trabajando, niuno haciendo práctica, ni semestre de verano, ni yéndose de vacaciones al sur con la familia. Todos los hueones disponibles, listos y dispuestos para partir a huevear como corresponde.

Teniendo este escenario en el horizonte fue que nuestro buen amigo Ignacio ofreció su casa en Pichilemu para que fuéramos a wevear un par de semanitas allá. Obviamente accedimos al instante y así fue como partimos a dicho balneario esperando disfrutar del verano como bien nos merecíamos.

Empacamos todo lo necesario para nuestra completa comodidad y deleite junto al mar, es decir, comida, copete, un par de pilchas y una colonia barata para nuestras noches de cacería. Estábamos advertidos ya por nuestro amigo Nacho que durante el verano dicha localidad se inundaba de hembras de dudosa moral sexual (i.e., se repletaba de camboyanas), por lo cual nos sobamos las manos y nos relamimos los bigotillos pensando en la enjundiosa oferta peuquística que nos esperaba.

Llegando allá, los primeros días fueron de relativo relajo. Hueveando entre nosotros en la casa, no salimos mucho a wevear, solamente nos deleitábamos apreciando el paisaje en la playa… o sea, dentro de lo que cabía, porque de una cachamos que Nacho estaba algo equívoco en sus predicciones, ya que en realidad si bien sí había harta mina, la mayoría eran unas chuscas más o menos malacatosas, y también abundaban las guatonas. Pero el relajo y la buena onda lograban que lo anterior no hiciera mella en nuestros ánimos.

Así fueron pasando los días, carreteábamos entre nosotros y con amigos ocasionales que pasaban por el sector. Entonces fue que un buen día Nacho nos dice que una amiga de él se encuentra en Pichilemu también, y con 2 amigas más. Al saber que al fin podríamos interactuar con minas limpiecitas y olorositas, asumimos nuestro rol de machos alfa con las hormonas revoloteando.

Organizamos el respectivo asado al atardecer, así como para entrar en confianza con las lolitas, y posteriormente salir a la disco a ver si picaba el moscardón para con alguno de los involucrados. Llegada la hora del evento, con algo de desilusión constatamos que de las 3 féminas en cuestión, solo una salvaba y para no revelar su identidad, de aquí en más sólo la llamaremos Rocío. En realidad igual estaba rica, y más acentuó su condición de deseable cuando luego de un par de copetes y de tallas, empezamos con los típicos juegos de confesiones so pena de tener que tomar, y la loca parece que se había puesto una no despreciable cantidad de piscolas porque se puso a describir con lujo de detalles su afiebrada y descontrolada afición al pico, lo que nos dejó más duros que el Huevo Fuenzalida.

Ante tal, a todos nos bajó el demonio y comenzó una férrea y animal lucha por cortejar a la hembra (dejando completamente de lado a las otras dos locas), la cual todos pensamos que habría de consumarse toda vez que llegada cierta hora decidimos ir a la playa a seguir carreteando al romántico alero de la guitarra y una fogatita.

Lamentablemente la guardia marina tenía clausurado el acceso al mar, por lo que nos funamos en mala, a las minas les dio tuto y decidieron irse a dormir, quedando todos nosotros con así el colmillo, pero quedamos de acuerdo en salir a carretear al día siguiente.

Pasó la noche, y no hacíamos más que pensar en la noche, cada uno para sus interiores, planeando la estrategia perfecta para ganar con la lola. Como la noche anterior había sido más funada que la cresta, nos habíamos acostado temprano y el sueño fue reponedor. El despertar entonces fue con una energía especial, y todos estuvimos de acuerdo en focalizarnos y prepararnos física, mental y espiritualmente para la noche.

La primera actividad del día fue consumir un vaso de leche descremada con cereales integrales. Una vez finalizado nuestro desayuno, partimos a la playa a trotar. Fueron intensos 4 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, donde primó el duro esfuerzo de correr por la arena. Una vez de vuelta a casa, procedimos a ingerir una merienda de galletas de salvado con mermelada light, para llenar nuestros organismos de carbohidratos puros que le suplieran energía. Posterior a ello, nos dimos una reparadora ducha (todos por separados, pa que no se anden imaginando mariconeos) y cada uno se abocó a sus lecturas personales llegado el mediodía.

Para la hora de almuerzo, decidimos concurrir a un restaurant para deleitarnos con suculentos platos de mariscos, así fue como las pailas marinas y los mariscales desfilaron por nuestra mesa, llenando nuestros estómagos de proteínas y nuestros cerebros de potentes afrodisíacos que nos hacían pensar en lo que nos esperaba al anochecer. Nadie quería quedarse sin su presa y el vapor que emanaba de cada uno de los platos le daba un aire aún más místico a la situación.

En oriente suelen decir que “el guerrero se concentra para la batalla”, por lo que a media tarde todos dormimos una reparadora siesta de la cual despertamos con ganas de recorrer la playa. Nos dirigimos a orillas del mar, a pensar en nuestras vidas, en nuestras existencias, para reparar en nuestros objetivos y nuestras expectativas de vida. Conversamos sobre la lealtad, sobre la amistad, sobre el destino del hombre. Era tiempo de nutrir el alma.

Cuando oscureció, nos volvimos a nuestro bunker para preparar los brebajes que significarían la última etapa antes de partir a la guerra. Así fue como comenzamos a hacer la previa piscoleando antes de salir pa llegar a la junta con las fulanas más envalentonados que William Wallace pitéandose un inglés.

Habíamos quedado de juntarnos con las loquitas en cierto punto del pueblo, y ahí decidir nuestro destino final. Al llegar allá y juntarnos todos, terriblemente locos quedamos al cachar que Rocío andaba con un escote que casi se le salían las tetas y una falda más corta que la carrera política de Arturo Frei Bolívar.

Al comenzar a deliberar sobre el lugar donde carretearíamos, notamos que esa noche sí estaba habilitado el ingreso a la playa, e igual se veía prendida, con diversos grupos de gentes armando fogatas y tocando agradables músicas con guitarra y percusión, que era precisamente lo que nosotros deseábamos hacer a lo largo de toda nuestra estadía en dicho balneario, mas las muchachas que nos acompañaban insistían en ir a la disco a bailar.

Poco nos motivó el hecho de que la entrada a la disco estaba a $5000 para los machos, sin derecho a nada (y $0 pa las minas), por lo que intentamos disuadirlas de ir a comprar algo de alcohol y pasar la velada en la playa, sin embargo las fulanas se negaron. Luego de intensas gestiones para negociar alguna propuesta común, fue que decidimos, después de estar casi 2 horas en la calle hueveando, que ya nos habíamos funado y que si las minas querían entrar a la disco, que lo hicieran nomás y nosotros nos íbamos a la playa. Ya había cagado la onda y en verdad cachamos que ya no estábamos ni ahí con ellas.

Cada grupo se separó entonces, y nosotros nos dirigimos a la playa. Decidimos colarnos piolamente dentro de algún grupo de gente que tuviera una guitarra para poder interactuar y así ver si pasaba algo. En verdad habíamos quedado tan calientes los weones y tan picaos por haber tenido ya 2 noches funadas y con ganas de hincarle el diente a la culiá esa, que estábamos todos como medios picaos, hasta que el Rober dice “conchetumare… toy tan caliente, que hoy me comería a cualquiera…”. Alberto le responde “a cualquiera… asi como… cualquiera?”, y el Rober le responde “si weon, hoy me comería a una mala sin ningún empacho. Es más, hoy me comería a la peor… sí weon, y no podrían decirme niuna wea los culiaos”.

En ese momento nadie estaba para andarlo increpando, y de hecho estuvimos los cuatro de acuerdo. Divisamos entonces un grupito de gente en la playa, cachamos que había bastantes minas (más que hombres por lo menos) así que decidimos ir pa’lla. Nos sentamos bastante cerca de ellos, cuando comenzamos a llevar a cabo el plan. Nada muy desconocido, por cierto: con el Beto nos acercamos con un pucho y le pedimos fuego a una mina y amablemente accedió. Ahí ya estábamos listos, los dos echamos mano a lo más selecto de nuestra labia digna de galán de porno nicaragüense y en 5 minutos ya estábamos los 4 integrados y las minas metiéndonos conversa.

Aunque todo parecía ir bien, de una cachamos que algo raro había en el grupo. Si bien no vamos a decir que las chiquillas presentes eran de lo más atractivas, tampoco eran monstruos, pero nos llamó la atención la gran desviación estándar del rango etáreo presente (o sea, había mezcladas minas que no tenían más de 18, con viejas culiadas dignas de pedirte el asiento en la micro, más unos weones que tenían pinta de faltarles poquito pa la jubilación). Lo otro que nos preocupó, fue la música que interpretaban. Al principio no pudimos descifrar qué carajo era la basura inmunda que cantaban, por lo que intentamos disuadir al músico de que se tocara algo como Soda, Los Rodriguez o los Prisioneros, qué se yo, alguna hueá fogatera y más bien universal, y no nos pescó ni en bajada, y siguió tocando unas cagás malas que no podíamos determinar qué mierda era, pero que todos los culiaos del grupito se sabían al pie de la letra y se les iba la vida cantando.

Al par de canciones, cachamos que estos giles estaban cantándose el repertorio completo de ni más ni menos que del hueón charcha de MARCO ANTONIO SOLÍS. Conchesumadre, a dónde carajo nos fuimos a meter… filo, ya estábamos ahí y nicagando nos íbamos a buscar otro lugar donde carretear pq ya estábamos enteros de pajeados.

Pasados un par de minutos, de repente una vieja que bordeaba las cuatro décadas y retozaba en la arena con su pierno de turno, se me acerca, señala a una mina del grupito y me dice: “oye… ella lo encuentra lindo a él”, mientras indica a mi compañero Beto. Veo a la loquita, y en realidad la mina era como la “princesita” del grupo. No era rica, pero era lejos la más pasable y se cachaba que con cuea era mayor de edad y que sus compañeros playeros estaban reservando su eventual virginidad para un weon que la mereciera.

Miré a este gil, y le dije “mira a la culiá de alla… te gusta? Esa quiere con voh… y están todos estos aweonaos patrocinándote pa que te la comai, no podis hacer el desaire”. Fiel a su estilo, el Beto me hizo un puchero y me dijo que no porque no estaba ni ahí con cagarse a su polola (que estaba de vacaciones en Rusia). Al par de minutos, la cabrita recién mencionada ya se encontraba al lado de nuestro improvisado galán, haciéndole unos ojitos dignos de Sharon Stone en “Bajos Instintos”. Los dejé que se jotearan mutuamente de manera tranquila, cuando me puse a conversar con otras gentes del grupo.

Y así fue como entre copete y copete, estos longis me confesaron que en realidad todo el grupito de culiaos estaban ahí en la playa protagonizando nada más ni nada menos que UN PASEO DE UN SUPERMERCADO!!!!! Y al preguntarles a qué ciudad representaban me dijeron que a Curicó. Concha grande de su madre… no lo podía creer. Estaba bien que no anduviéramos selectivos y que estuviéramos dispuestos a ir a lo que fuera pero esa güeá era mucho. Ninguno andaba preparado psicológicamente para interactuar tanto con esclavos provincianos.

O sea, sí, había uno: Beto. A esas alturas ya estaba siendo joteado sin misericordia por la chiquilla recién mencionada y este weon lo único a lo que atinaba era a tomar para poder sobrellevar de la manera menos consciente posible el inminente destino que le deparaba.

Pasaba el rato y en realidad ya estábamos enteros chatos de los longis, porque puta que eran longis. Así que en un momento nos apestamos y decidimos irnos, cuando le comunicamos de nuestra decisión al Beto, la mina en evidente estado de ebriedad, se le aferró del cuello y nos gritó “NNNOOOOOOOOOOO!!! NO SE LO LLEEEVEEEENNN!!!! ES DEMASIADO LINDOOOOOOO!!!!!!”.

Puta madre, lo que nos faltaba, este culiao fue incapaz de deshacerse de la mina que se le había pegado como lapa. El weón logró sacársela de encima, se paró de la arena, y la mina se larga a llorar!!!!! En eso saltó el más longi de los reponedores del super y en una lengua de lo más refinada y sofisticada nos dijo:

“Que pa con la caura washo? La tai haciendo llorarla a la YESSI?”

mientras hurgaba entre sus ropajes con clara intención de tomar su arma cortopunzante. No estábamos para más weveo así que conminamos a este agilao del Beto pa que se comiera rápido a la weona, le diera un número de teléfono mula y viráramos de aquella. Obviamente este pelotudo no quiso hacerlo, ya que ni le gustaba la mina ni tampoco gusta de trabajar bajo presión (mamón). Cuando hizo el amago de virarse junto a nosotros sin más, este tuja sacó así una mariposa de sus bolsillos, la apuntó a nuestro compañero y le dijo “la ‘ai a hacerla sufrir washo? Mira que te pue’o tajearte entero si la ‘ejai asi”, sentencia que tuvo la completa aprobación de un sector de los empleados del super, quienes emplazaron al cuma de mierda con frases como “dale nomas ñañaja, corta a ese culiao nomah y que wa si aca no hay ni pacos”.

Como cachamos que la amenaza venía en serio, a este weon del Beto no le quedó más remedio que llevarse a la mina atrás de las dunas pa darle un poco de su amor. Por mientras nosotros seguimos al lado de estos culiaos, cagaos de miedo, mientras ellos carreteaban como si nada. A los 5 minutos aparece nuestro camarada, con una cara más o menos y le digo “tai listo? Vamos?” y me dice “no weon…….oye Andrés, teni un forrito??”… tal como lo leen, nuestro amigo se vio forzado a intimar con la trabajadora del retail a la luz de la luna y no por lo romántico.

A los 10 minutos estos dos tórtolos emergen de las dunas, la mina con una cara de amor indescriptible y el Beto mascullando la humillación y la incredulidad, la loca estaba aferrada del brazo de él, intercambiaron teléfonos mientras Betito a duras penas le juraba que se volverían a ver mientras el Ñañaja lo miraba fieramente.

Pasada dicha declaración de amor, procedimos a agarrar nuestras weas y virar de ahí lo más rápido posible y jurar nunca en la vida entrar a un supermercado si teníamos la desgracia de ir al pueblucho ese de Curicó.

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