Distémper es un hijo de puta con serios problemas, aparte de arribista reculiao y pasao a caca. Al menos -algo es algo- no es shúper.

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Vía chat le cuento a Pilar que me voy de viaje relámpago en auto a Buenos Aires. El objetivo del periplo es recoger a la hermana de mi amigote. Serán cinco días de demenciales “vacaciones”: dos de ida, uno de turismo express y otros dos de vuelta con la mudanza a cuestas.

A la Pili apenas la conozco; aunque me cae simpática, no tenemos confianza alguna más allá de messenger. Aún así, la muy diabla se siente con la libertad para hacerme un encarguito: según me cuenta, ha buscado infructuosamente durante meses un libro en los malls santiaguinos. La obra en cuestión representa el pináculo de la cultura occidental: “¿Qué me pongo”, debut en las letras de Valeria Mazza. Como también espero saber qué le pondré, le digo que no hay problema y quedo como rey.

Cumplimos el cruce de los Andes y la travesía por la Pampa sin mayor novedad. Instalado en las callecitas de Buenos Aires, ese sábado me saco las fotos de rigor en el Obelisco, la Boca y la Casa Rosada; compro la camiseta de Huracán, le miro el poto a las nativas y me como una morcilla. Cuando cae la tarde vamos de compras al centro y entramos a una de esas bien surtidas librerías bonaerenses, reflejo de un pueblo que se ilustra como condenado pero no trabaja ná.

Con la excusa de que debo consultar un manual histórico de fútbol, me despego de mi amigui y bajo al subterráneo del enorme local; muerto de vergüenza, pregunto por el librito de la modeloca. Obviamente hay mil millones de copias a la venta. Para disimular compro otras cosas -incluido el manual de fútbol- y emerjo al primer piso haciéndome el hueón.

El domingo a primera hora nos ponemos en marcha. Después de dar picomil vueltas por las villas miseria que acechan a la hermosa ciudad, logramos salir a la carretera. Mi partner -quien presume ser un avezado chofer- ha decidido manejar en ese trayecto pese a que demuestra una total ineptitud para adelantar en rutas de una vía. Se desata una inclemente lluvia; una infinita caravana de camiones no sólo frena la marcha sino que crispa los nervios del piloto.

Cuando tras media hora por fin logra dejar atrás el convoy,el Schumacher de la Pampa decide que amerita celebrar. “¡Saquémonos una foto!”, propone. Siguiendo sus instrucciones, instalo la cámara sobre el tablero y pongo el timer. Como es de suponer, posar y manejar no resulta algo sencillo para mi socio. Entonces, por un segundo, pierde de vista el camino.

Lo siguiente que recuerdo es que la cámara cae. La recojo; cuando levanto la vista, veo que vamos volando por el campo a toda velocidad, despegados al menos dos metros del suelo. El auto descontrolado da uno, dos, tres botes en el barro; amenaza volcarse, pero va tan cargado que se mantiene firme mientras las cosas vuelan por encima de nuestras cabezas. “Vamos a morir”, pienso. Tras inerminables doscientos metros de loca carrera nos detenemos; por suerte justo en ese lugar no hay rejas ni postes ni árboles ni vacas. Conductores de otros autos que han sido testigos del absurdo accidente se acercan diciendo que no pueden creer que hayamos salido ilesos.

Mi amigo está lívido, lacrimoso y mudo; yo me hago el machito, lo agarro de un ala y pesco el volante. El cacharro parte de milagro y -aunque suena como tarro con piedras- puedo manejar hasta un servicentro. Y sin que nadie me vea voy a llorar a un rincón, porque pucha que hubiese sido triste morir en la mitad de la nada por sacarse una foto idiota y con un puto libro de Valeria Mazza escondido en la mochila.

Comments

  1. Pero que buen liiibro distemper para tus ratoss de ocio en el trono!!… Si no sabes que ponerte debieras intentar chantarte su peazo de “morcilla”.

    Me reí, buen relato.

  2. Libros así de aweonados cargan una maldición, he ahí tu accidente… Ojalá te pegues un buen polvo con la susodicha que te encargó esa wea,(¿sería lo mínimo, no?)porque por su culpa casi mueres.

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