Crítica de CeremoniasDesde que el hombre es hombre, y el mono es mono, han existidos las ceremonias.

Ceremonias hay para todo. Desde que uno nace, la vida se apresta llena de eventos protocolares para festinar cada uno de los putos momentos en que uno… vive.

El primero (en el caso de la gente de bien) es el bautizo. En el caso de los judíos, el Bar Mitzvah o Bat Mitzvah. Y en el caso de los pobres, la primera fumigación contra el liendre. En fin: El primer momento en que nuestros cuerpecillos de niño son expuestos a unjidas de aceites, inmersiones acuosas, circuncisiones y desparacitaciones en nombre de Dios, para que este nos proteja o, si nos morimos, algo de pompa tenga nuestro paseo terrenal.

De ahí en más se suceden otros tantos donde destacan por su caracter anual los cumpleaños que, a no ser que ud. sea testigo de Jehová, son la conmemoración de un año de vida más.

En ellos, somos sometidos al primer roce social con gente que no nos interesa ni conocemos en lo absoluto que acosa nuestros hogares con el fin de comer todo lo que pueda y hacer caca en nuestros baños, a cambio de regalos precarios como “calzoncillos”, “calcetines” o “gente en conserva”. Basura de no más de $1000 y que terminará siendo herencia para nuestros parientes pobres.

Pero a medida que uno envejece, la formalidad de las ceremonias comienza a tomar ribetes insospechados de complejidad, dulzor y barroquismo que, si bien en algunos casos me agrada (porque las ceremonias hacen que, de algún modo, la vida parezca que tiene valor), tienen el doble filo que pueden estar a cargo de seres despreciables que deberían perecer en el preciso momento en que se les encomienda o toman la misión de protagonizar aquel momento de máxima atención y absoluta expresión ceremonial hecha palabras: El discurso.

En mi vida he escuchado muchos discursos. En un 90% de los casos puedo decir con absoluta decepción que han sido un fiasco, donde el vergüenzajenómetro practicamente se desintegra y donde las ganar de morir de algún modo escandaloso inhundan el alma.

Yo entiendo que la mayoría de la gente sea estúpida. Es la norma. Y que no sepa hablar. O sea fome. Pero cuando a uno lo aquejan más de uno de esos males o todos, lo más sensato sería o renunciar al convite, o darse la paja de escribir algo relativamente decente y revisarlo una y otra vez o sencillamente dejar que alguien lo escriba y uno solo aprender a leerlo con algo de emoción así como para que si la gente se aburre olviden rápido el suceso.

Pero hay casos en donde el Hit discursivo es tan malo que no solo no pasan piola, sino que son una tortura, te cagan la onda, dan ganas de matar/se y se vuelven recuerdos imborrables de patetismo que nos acompañan hasta el día de nuestra muerte y quien sabe, más allá.

El problema es un mal que me persigue: Graduación básica, Funerales, Graduación Escolar, Funerales, Titulación, Funerales ¡¡¡SIEMPRE HAY UN CONCHASUMADRE DANDO JUGO POR LA REPUTA MADRE!!!

¡HUEONES, SI NO SABEN HABLAR, CÁLLENSE! NO SE LAS DEN DE POETAS, NI DE CHISTOSOS. ¡MÁTENSE CULIAOS!

Hablar en público es un arte y si no saben, ¡CALLEN, MUERAN O AMBAS!. Es como ir a la casa de la novia por primera vez, hacer caca en el baño, dejarlo hediondo Y QUE TODOS CACHEN. ¡ESO ES PECADO!

Estoy seguro que existe un lugar especial en el infierno pa’ esos pobres pelotudos que con su carencia de talento palabreril pagarán por el resto de la eternidad.

Porque como decía Fiodor Dostoievsky: “Una mala acción comienza donde termina el talento”.

¡PUTOS!

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