Distémper es un hijo de puta con serios problemas, aparte de arribista reculiao y pasao a caca. Al menos -algo es algo- no es shúper.

caca

Tras nuestro ridículo incidente carretero, mi amigote queda espirituado. Por ende, debo manejar su auto semidestruido a través de toda la puta pampa hasta Mendoza: unos mil kilómetros en línea recta por caminos miserables. Durante el simpático trayecto se nos revientan dos neumáticos, destruimos otro, se nos cae medio tapabarros, somos hostigados por la policía y nos perdemos durante dos horas en una ruta secundaria. Flor de vacaciones, en suma.

Lo peor de todo es que, habituado a obrar en la tranquilidad de mi hogar, llevo cinco días sin cagar. En Buenos Aires he intentado de todo para vaciar la tripa -incluyendo una rectoscopía manual– pero los resultados han sido inútiles. Siento que mi cuerpo está lleno de mierda, porque en verdad lo está. Las pizzas, sánguches, morcillas, bifes y facturitas han mutado en un gigantesco ladrillo de caca que amenaza con escapar por mi ombligo.

Los percances del viaje me han revuelto la guata, pero aún así no logro defecar ni una elemental bolita en la vulcanización. De vuelta a la carretera, mis intestinos protestan con intensos retortijones; comienzo a sudar frío, lagrimear y ver doble. Por desgracia, no es que se pueda decir que el camino pampero esté muy bien provisto de servicios básicos. “Nafta a cuatro mil quinientos doce millones de kilómetros”, leo en un letrero caminero cuando estoy a punto de cagarme sobre el asiento del piloto. En silencio, me muero.

Pero como soy un hueón digno [mentira] aguanto los espantosos espasmos durante horas y horas. Ni cagando -literalmente- voy a exhibir mi miserable poto pelao entre las matas a los trolos camioneros trasandinos. Si toco mi abdomen, puedo palpar los pedazos de roca alojados en el intestino; al borde del colapso, decido por fin relatarle mi tragedia a mis compañeros de ruta, quienes tras cagarse de la risa deciden preocuparse y conversarme sobre cualquier hueá para que me distraiga. Ahí me entero, por ejemplo, que a mucha gente cuando sale de viaje se le clausura el ano por una cuestión de timidez rectal.

Así, entre charla y charla y luego de picomil kilómetros de calvario, llegamos a una YPF. Me bajo reptando, llego al inodoro entre aullidos de dolor y cuando me instalo en la taza… nada.

Estoy rojo como tomate durante diez minutos, sintiendo que la cabeza me va a estallar por los pujes que semejan a un parto. Cuando me resigno a fallecer en ese inmundo wáter, de pronto siento como una lenta cascada de excremento comienza a descender por mi más profundo yo interior. Y de improviso, llega una explosión majestuosa, interminable y multicolor: negra, verde, roja, amarilla. Triunfante y con el culo hecho pedazos, salgo del baño haciendo la V de la victoria y más feliz de lo que nunca he estado en mi vida.

Comments

  1. hermoso relato, te felicito y saludo que puedas mover libremente tus intestinos…

    ahora bien, espero que haya una tercera o cuarta parte donde nos relates, en lo posible con fotos y.o videos, si le diste mazorca a la señorita que te hizo comprar el libro de mierda de valeria mazza

    saludos

  2. Es como cuando una (por fin) llega a la casa después de una gran experiencia outdoor con mil weones de dudosa higiene con los cuales debes compartir UN baño.

  3. que lindos son los movimientos peristálticos que dan forma a los mojones, que manera de moldear aquella figura de materia putrefacta pero de aroma tan familiar, y como decían los Luthiers, al accionar la cadena, que multitud de manantiales….se aprecia mucho mas despues de algunos dias sin hacerse uno con la naturaleza…

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