Puta Navidad

Distémper es un hijo de puta con serios problemas, aparte de arribista reculiao y pasao a caca. Al menos -algo es algo- no es shúper.

Puta Navidad

Nos besuqueamos con Conchita en la Puerta del Sol de Madrid al calor de una tarde cervezas, aunque decir “calor” es una gran hueá porque puta que hizo frío durante ese invierno boreal. Tomados de la manito, nos juramos amor incondicional y transnacional. Ambos veníamos saliendo de tóxicas relaciones de parejars y nuestro encuentro fue tan romántico como un choque de trenes.

Al día siguiente, Conchita -estudiante de música y dueña de una dulce voz- partió a su pueblo para pasar las fiestas de fin de año. Convencidos de que éramos el uno para el otro, prometimos llamarnos a diario y sernos fieles durante los cotillones y bacanales que se avecinaban.

El problema es que yo me quedé más solo y aburrido que la chucha; instalado en una gélida pieza de 2×3, mi rutina se reducía a ver tele, leer las obras completas de J.J. Benítez y pasar hambre. Lo único que me animaba era conversar cada noche con mi amorcito desde un mugriento locutorio lleno de inmigrantes con cara de poto.

Desesperado, decidí que sería flor de idea darle a Conchita la sorpresa de su vida. Recolectando céntimo a céntimo de mis escuálidos ahorros, compré un pasaje de bus hacia Extremadura. Llegué al amanecer a Mérida, sólo para cachar que debería esperar hasta mediodía para abordar una micro hacia el hogar de mi amada. Cuando por fin llegué al mugriento terminal, le telefoneé. “Conchita mía, a que no adivinas dónde estoy…”.

¿Pero qué coño haces tú aquí?”, me espetó con cara de espanto cuando fue a recogerme. En completo silencio nos dirigimos a su casa, recorriendo el horripilante villorrio que de seguro no había sido aseado desde los tiempos en que Pedro de Valdivia jugaba por sus callejuelas. “Yo no te puedo alojar”, me informó tras mostrarme su precario hogar donde dos abuelitas sordas tejían y orinaban sin mayor pudor en sendas pelelas.

Con el rabo entre las piernas, pesqué mis monos y a cambio de un ojo de la cara pagué una habitación en el único hotel de la localidad. Conchita pasó ese 24 de diciembre en ensayo de coro, luego cantó villancicos en su colegio de infancia y más tarde disfrutó de una íntima cena navideña en familia. De eso me enteré después, pues estuve todo el puto día hostigando a mi ex polola chilena desde un teléfono público, chupando en la pieza y dándome cabezazos contra la pared.

La promesa de Conchita -quien a esas alturas me odiaba con toda su alma- era recogerme pasada la medianoche para ir a carretear por ahí con sus amiguetes. En efecto lo hizo, pero yo no me di cuenta porque tipo 11 me había desmayado sobre la alfombra toda vomitada y no desperté hasta el día siguiente. Horas después la españolita me despedía en el bus, dando por finalizado para siempre nuestro ridículo romance.

Resta señalar que años después -convertidos en amigos de messenger- Conchita me confesó que yo fui el último hombre al que había besado: al poco tiempo de mi performance descubrió que era lesbiana.

Comments

  1. Hasta la mitad de la historia albergué en mi corazón la posibilidad de que, en tu soledad, te pagara una puta buena y que te hubieran pillado de sorpresa a ti con las manos en la masa.

    Veo que fué demasiado pedir, puto!

    Saludos!, El Cerdo

  2. puta la wea!!! también me esperaba una especie de final algo feliz… pero no! triste y humillado en tierras ezpañolas…
    lo peor de todo que la dejaste tan “asombrada” de tus “cualidades” que pasó a ser lesbiana… en fin…

    saludos lesbianitos!!

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