Distémper es un hijo de puta con serios problemas, aparte de arribista reculiao y pasao a caca. Al menos -algo es algo- no es shúper.

Cuando tenía 17 años me enamoré de Fernanda, una niña turnia, chascona y con los dientes mirando al norte. Embobado, la cuarteaba de reojo en clases; mi máximo coqueteo fue viajar una tarde en micro hasta San Bernardo -donde ella moraba- con la excusa de pedirle unos apuntes: como no tenía nada más que decirle, tras recibir las hojas me fui de vuelta a casa más feliz que la cresta.

Esa sería todo mi ñoño romance con Fernandita: más que risa, daba pena. El problema es que largos años después -en un idiota momento de confianza- tuve la peregrina idea de relatárselo a mi polola Enriqueta. Como ella conocía a la feúcha, se rió de mi juvenil pelotudez. Hasta ahí llegó el tema o al menos eso creía yo.

Una calurosa noche de verano -intentando matar el tedio de nuestras miserables vacaciones capitalinas- aceptamos la invitación para disfrutar de una fiestoca cerca de su casa. Al llegar, noto que una de las invitadas es Fernanda, quien sigue igual de simpática y horrible. La saludo cordialmente y mi pololita hace lo propio: al alejarnos, sin embargo, siento un susurro demoníaco. “¿Estás contento por haber visto a tu amorcito? Estás temblando de emoción: ¡me trajiste para humillarme delante de todos…!”, gruñe Enriqueta, quien por cierto aún está sobria.

Embrutecida por los celos, la compañera de mis días decide que debe castigarme por mi alta traición. Procede entonces a empinarse cuanto copete hay en el lugar: en menos de media hora está borracha como tenca y coquetea con descaro con cada varón presente. Como viste una especie de paté de lycra negra que le cubre desde el cuello a los tobillos y se le encaja vistosamente en la raja, poco le cuesta ganar la atención de los concurrentes.

Lo que yo nunca he entendidors -divaga- ez el sentido mayéutico de la parábolagh del hijo pródigosh: explíquenmen”, ordena con la lengua algo traposa. La audiencia, claro está, muestra aún mayor interés en su cháchara a medida que el cierrecler del curioso “body” de mi noviecita baja misteriosamente hasta llegar al ombligo. Yo, por mientras, estoy castigado en una esquina rogando al cielo que no se le escape una teta del sostén que bambolea sin control.

Cuando el espectáculo llega a su clímax, Enriqueta se acuerda de mí. “¡Prepárame algo pa tomar!”, chilla: obediente, intento improvisar una caipiriña. Como mi maniobra no es del todo hábil, la lola siente que es necesario corregirla. “¡Así se hace esta hueá!”, proclama mientras pesca el cuchillo y se rebana sin anestesia la mano izquierda desde el dedo gordo hasta la muñeca, dejando un desparramo de sangre, lágrimas y jugo de limón. La gente, pasmada, dice “oooooh”.

Por suerte, como Enriqueta es ruda, en vez de largarse a  llorar se envuelve la mano con una servilleta y sigue charlando sobre el hijo pródigo mientras debajo de su silla crece un pequeño charco rojo. Cuando por fin la hemorragia se detiene, me informa que es hora de irnos: antes de llegar a su casa, me saca la chucha en la vereda “por ser tan jote”; media hora más tarde -cuando por fin la herida le comienza a doler- se pregunta intrigada cómo chucha se hizo eso.

Comments

  1. amigo Distémper,cada vez me impresiona mas el trato de Enriqueta… y los arrebatos en contra tuya.
    no se que será, si sumiso o aweonao… alguna recompensa ha de tener el soportar sus borracheras, golpes y humillaciones… cuéntese una historia donde veamos esa otra cara (si no la hay, entonces estay cagao)
    igual buena la historia, y freak la foto

    saludos turnios!!!

  2. Distémper culiao sometido, yo ya le habría pegado senda patá en el hocico a esa zorra de Enriqueta. Pero si hay amor se te perdona todo.

    Suerte para la próxima my friend!

  3. Estimados contertulios:
    El problema es que sí le pegué flor de patá en el hocico a Enriqueta, como se descubrirá al final de esta ejemplar saga estival(?).

    Y no se preocupen de buscarme novia, putos, porque ya tengo y soy de lo más felizh. Muéranse de envidia, almas solitarias. Cof cof.

    ¡Feliz Bicentenario!

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