Distémper es un hijo de puta con serios problemas, aparte de arribista reculiao y pasao a caca. Al menos -algo es algo- no es shúper.

Oigan hueones, ¡cachen la media historia que me contó mi primo!”, anuncia Luchito, mi mejor amigo de la pega. Es hora de almuerzo y seis giles estamos reunidos en el casino de la oficina degustando guisos recalentados y sacando alegremente la vuelta. “Cuenta, culiao, cuenta”, lo animo.

Escuchemos a Luchito: “Bueno, resulta que al Coronta, mi primo, lo invitaron hace dos semanas a un asaíto en el Cajón del Maipo. Puta, parece que arriba habían como doscientos hueones; incluso estaba el Cojo Mario, este maraco que trabajó acá el año pasao, ¿te acordai?”, me pregunta.

Comienzo a sudar frío. En efecto, el Cojo Mario estaba en el asado, el mismo en el cual yo le había sacado la chucha a mi polola Enriqueta a vista y paciencia de docenas de amigos, conocidos y completos desconocidos. El Coronta claramente era uno de estos últimos.

Eran como las cinco de la mañana, todos estaba curaos como sapos y de repente aparece un hueón vuelto mono gritando que dónde chucha estaba su polola. La custión es que la encontró -parece que estaba durmiendo la pobre- y este maricón comenzó a boxearla delante de todos. ¡Sí hueones, a coscacho limpio! Ni idea qué mierda le pasaba, parece que el culiao estaba borracho y se desquitó con la pobre hueona. Enriqueta se llama la mina, de eso me acuerdo, el Coronta dice que era más rica que la chucha… La hueá es que todos los hueones comenzaron a seguir a estos dos por la parcela: el culiao le pegaba patás en la raja a su mina, cachetadas, incluso combos en la guata. No, ella no hacía ná, pobrecita”, prosigue.

Mentalmente corrijo a Luchito: Enriqueta sí se defendió de lo más bien, de hecho me arañó la cara hasta dejármela como mapa carretero, devolvió aletazos a lo Mike Tyson y me pegó flor de puntapié en las bolas antes de acabar el round.

El muy maraco después se fue a encerrar al auto. ¡Y cuando amaneció, la mina se fue con él! Es que no puede haber gente tan imbécil, si hay mujeres que les gusta que las traten a palos”, reflexiona.

Cuando el resto de los comensales se marcha, quedo a solas con Luchito. No puedo creer que mi venganza campestre se haya convertido poco menos que en leyenda urbana. Y me sincero. “Mira, idiota, yo era el hueón de la historia y Enriqueta es mi polola -ex polola ahora-, tú la conoces, amermelao, y no es taaan rica tampoco. Si nos fuimos juntos del Cajón del Maipo fue porque esa misma tarde, después de dejar botado el auto en el taller, me obligó a ir hasta la casa de mis papás para contarles que su hijo era un maltratador de mujeres. Y delante de ellos me pateó”, le informo.

Luchito pone cara de espanto. “Chucha, ten cuidado mejor entonces, porque según el Coronta hay un lote de hueones que tienen planeado vengarse de este maricón (bah, de ti, quiero decir)”, me advierte.

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *