Pobre.

Ya viendo que el cáncer le comía hasta el chiquitín de Nestlé, el hiperventilado Giolito (y su combo) se dejó seducir por las fantasías de la artereoesclerosis y se rindió al frenesí de ese ritmo tropical de pobres denominado reggaeton.

Lamentablemente, la pérdida progresiva de la decencia y la cordura que venía arrastrando desde los dos años (luego de la ingesta accidental de 10 kilos de Café Caribe con jale en el patio de su casa), Giolito no se volvió un chango de mierda obsesionado con los embutidos, mal amplificado con el accidental consumo de 80 metros de longanizas de Chillán y jale.

Así, se puso un peluquín y constituyó en un universo de vienesas, chorizos y longanizas en un juego escatológico bastante deprimente pero artítico, que lo llevaría por los más recónditos lugares de Gran Avenida y Ovalle, donde finalmente perecería al recibir accidentalmente 120 tiros de un A.K.A 47.. y jale.

Descansa en paz Giolito. Bienaventurado eres que los gusanos no tienen nada que comer de tus restos.

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