
Camino a la casa de la Lore, la distribución de gentes determinó que yo fuera de copiloto en el auto del Cristobal. Lamentablemente el asiento trasero no iba vacío: un maldito paracaidista llamado Centello Soto tenía posadas sus inmundas nalgas sobre él.
Desafortunadamente, ese pobre cristiano iba tan curao que nos dio pena dejarlo botado por [...]























