Cuando tenía 17 años me enamoré de Fernanda, una niña turnia, chascona y con los dientes mirando al norte. Embobado, la cuarteaba de reojo en clases; mi máximo coqueteo fue viajar una tarde en micro hasta San Bernardo -donde ella moraba- con la excusa de pedirle unos apuntes: como no tenía nada más que decirle, [...]
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